viernes, julio 28, 2006

Editorial – por Jorge Fussinato

Una mirada distinta de la tarde del domingo. Qué pensaba la gente viendo la fiesta. Desfile, espectáculos, muestras, una plaza rebosante y un motivo: el cumpleaños de la ciudad. No es poco para un festejo.

“La gente estaba necesitando algo como esto”, se le escuchó decir a un alto funcionario del gobierno local el domingo por la tarde, mientras todos los presentes en plaza Mitre aplaudían uno de los tantos espectáculos que ofrecieron.
La cantidad de gente presente fue realmente alta, más allá de los odiosos cálculos, hubo mucha gente. La tarde acompañó, no hizo frío hasta bien entrada la tardecita, y el sol fue protagonista junto con todos.
Si hubo desprolijidades, a los presentes no le importó demasiado. Por el contrario, veían los detalles positivos: “mirá, están juntando lo que dejaron los caballos, ¡claro!, ahora tienen que bailar el pericón”. Parece gracioso, pero lo caballos hacen sus necesidades cuado quieren, no cuando los obligamos, así que la gente se fijó en ese tipo de cosas y no de la falta de un guión que no haga trastabillar a los locutores que, con profesionalismo, suplieron esa falta.
¿Quiénes se dan cuenta de esas cosas? Pocos, muy pocos.
En el desfile estuvieron las escuelas, los bomberos, los centros tradicionalistas y las instituciones que debieron y quisieron estar. Somos pocos los que nos fijamos cuáles específicamente faltaron y presuponemos los motivos.
¿Cuántos son los se fijaron quiénes estaban sobre el escenario? Los que no estaban “se perdieron una tarde hermosa”, así me contestó una señora impresionada porque una mujer estaba en la banda de blandengues. A esta mujer le interesa la política local, se puede decir que es una militante política, pero ese día estaba irreconocible, era una ciudadana más entusiasmada por los actos.
En el acto estaban los que fueron de paseo porque no tenían otras cosas para hacer y eso era barato. Los que aprecian un espectáculo popular sea el que sea. Los que fueron a ver a los nenes que desfilaban, los que fueron a ver mujeres, los que les gusta los artesanos, o los que estaban entusiasmados con las tortas fritas, el chocolate o la vaquillona con cuero.
Como siempre estaban los que se fijan en todo. Pero la mayoría de ellos estaban parados de frente a la gente. Y la gente casi no los miraba a ellos, estaba entusiasmada con otras cosas.
Hubo quien dijo, mirando a los funcionarios sobre el palco, ¡mirá las caras que tienen, es de aburrimiento puro! Dejalos, fue la respuesta de otro, con lo que cobran por lo menos así se lo ganan.
Los chicos jugaron por toda la plaza, los grandes se aplicaron en apreciar el espectáculo, otros renegaban de la envidia viendo a un pintor que con cuatro aerosoles hacía en minutos obras de arte, cuando uno no es capaz ni de pintar su nombre sin que le quede chorreado. Y otros más, daban vueltas sin horizonte cierto. Todos estuvieron bien.
Los periodistas nos reunimos unas cuantas veces y nos pasamos datos sobre los detalles que íbamos a resaltar: faltó Fulano; no voló Mengano; Perengano no subió al escenario. La demagogia estuvo presente sobre la plaza. Que la muestra esto, que la organización lo otro. Que el discurso, que no el discurso. Teníamos todo controlado y chequeado.
Cuando terminaba la tarde y el frío apretaba, la gente se empezó a retirar con la música de Amboé de fondo. Un señor saludó amablemente a una mujer, como ya no es común entre hombres y mujeres, el diálogo fue sencillo y trivial:
- ¿Qué le pareció…? -preguntó el señor-.
- Pasé una tarde hermosa.
- La verdad que estuvo lindo, ¿no?
- Sí, la verdad que sí.
¿Por qué a veces insistimos en ver más allá de lo evidente? Esta gente me decidió, por qué no decirlo con esa sencillez, a mí también me gustó la fiesta del cumpleaños de Baradero. Ya habrá tiempo para criticar otras cosas más pesadas.
La verdad que estuvo lindo, ¿no?

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